Las personas mientras hablamos podemos
estar rebajándonos al nivel de las cosas
en un proceso voluntario y conciente.
Nos hemos acostumbrado a utilizar ciertas palabras al referirnos a las demás personas, para catalogarlas, llamar su atención, referirnos a las mismas de una manera especial o simplemente para hablar con ellas.
Los seres humanos poseemos varias dimensiones que nos diferencian del resto de seres vivientes y que su función en conjunto nos permiten el desarrollo orgánico de nuestro ser. Nos componemos de: dimensión biológica, espiritual, social, racional y psicológica. La correcta armonía de éstas, nos dan la capacidad de comunicarnos y desenvolvernos diariamente.
Desde varios siglos atrás, filósofos, investigadores y especialistas han dicho que las palabras sirven para enseñar y aprender, por lo mismo que tienen siempre algún significado específico (San Agustín). Pero para que las palabras existan y sean comprendidas deberán pertenecer a una lengua compartida por la sociedad y, los distintos miembros pueden hacer el uso individual y voluntario de esa lengua a través del habla, diría el semiólogo Saussure.
La libertad individual que tenemos para el uso de las palabras, es fácil de escuchar en las aulas, calles, casas y distintos sitios de Buenos Aires, aún más al ser una ciudad de alta densidad poblacional, habitada por muchas personas del interior del país y de varias nacionalidades que agregan particularidades propias de sus dialectos o que por lo menos lo usan con sus pares.
Desde el momento que logramos expresarnos oralmente, a temprana edad, se nos abren las posibilidades de adaptar y dotar de nuevos sentidos a palabras
de nuestro idioma, así como a los objetos que nos rodean. “Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual. No hemos variado el sentido intrínseco de las palabras, pero si su connotación” .
El escritor J. Edmundo Clemente en El lenguaje de Buenos Aires dice que el fondo idiomático procede de cuatro maneras principales para elaborar su vocabulario: 1)inventa directamente palabras, 2)inventa acepciones por semejanza, 3)inventa acepciones por derivación e 4)inventa grafías.
Los seres humanos que caminamos por las calles porteñas; a veces mientras hablamos con uno o más semejantes, podemos referirnos a algún participante de la conversación o a otro individuo ausente en ella, con nombres de cosas. Tanto receptores como emisores en dicha comunicación podremos identificar al sujeto que con esa idea mencionada (nombre de objeto) hacemos referencia.
“El objeto, adquiere a nuestra vista la apariencia o la existencia de una cosa que es inhumana y que se obstina en existir, un poco como el hombre” . Le decimos inhumano porque está fuera del hombre y es material, pertenece al campo de lo tangible y sensible al cuerpo humano. Hay objetos que pueden dar lugar a varias lecturas, a partir de saberes previos relacionados con la historia, la cultura y el nivel cultural de la persona que lo interpreta. Ningún objeto dejará de transmitir algún significado, aunque sea la insignificancia. El objeto no significa por lo que es, si no por su contexto, dice el semiólogo Roland Barthes.
Los hombres damos un significado a los objetos que existen en la naturaleza y también a los que producimos para satisfacer nuestros deseos y necesidades. Encontramos sus usos, sus capacidades, sus debilidades, las formas de evolucionarlos y desarrollarlos con el fin de obtener mejoras, así como todo lo que nos pueda aportar a nosotros y a nuestra cultura información y conocimiento. Por eso los decidimos nombrar y categorizar al alcance de nuestro entendimiento y voluntad.
Podemos escuchar decir un sin numero de palabras con una connotación diferente al significado que conocemos y comprendemos, e incluso al que tienen en los diccionarios.
Por ejemplo, al oír nombrar animales se nos puede venir a la mente las imágenes mentales de dichos animales. Sin embargo se le ha dado otras connotaciones a palabras como: gato (mujer muy arreglada y con ropa provocativa), potro (hombre físicamente atractivo), yegua (mujer físicamente atractiva ó de malos sentimientos), lobo (amigo cercano), perro (hombre poco hábil en determinada actividad); que no significan por alguna cualidad del animal que representan, ni del individuo al que se refieren y tampoco cumplen con las dimensiones del hombre para justificar su vinculación al mismo, sino que se comprenden por convención de los hablantes.
También se escucha nombrar alimentos -comidas- que de igual forma no hacen referencia a las cualidades del hombre ni del objeto que son, como: grasa (termino despectivo para una persona que no responde a los patrones estéticos y culturales establecidos), banana (persona que se arregla en exceso para intentar sobresalir y su actitud es de arrogancia), salame (persona con limitaciones intelectuales o poca lógica), panqueque (persona poco relevante que comete una torpeza o descuido), leche (persona con malas intenciones o con gran imaginación), torta (mujer homosexual).
Otros términos de objetos que tienen múltiple connotación son: botón (persona que delata culpables o informa lo sucedido sin petición alguna), máquina (persona que es considerada buena para algo), paja (persona perezosa), forro (persona con actitudes despreciativas o mal intencionadas).
Esta manera de cosificar al hombre a través de las palabras ha aumentado rápidamente en las últimas décadas. No sólo es evidenciable en coloquios informales, incluso en los medios de comunicación formales, ya aparece esta vía de deshumanización de las personas, cuando los protagonistas de los acontecimientos expuestos adquieren un valor de mercancía.
Por ejemplo: “En una nota publicada en la sección Deportes de La Nación (1955), se dijo: El centroforward murió al amanecer, de Agustín Cuzzani” . También existen otras maneras como es el caso de los buenos deportistas, que para pertenecer a otro equipo deportivo son comprados, vendidos y hasta subastados como si fueran cosas.
Al usar este tipo de terminologías, que deberían emplearse sólo cuando hablamos de objetos, damos paso a la confusión o entendimiento del hombre como un simple medio e instrumento; lo sacamos de su ser, le ponemos a nivel de las cosas e incluso podríamos estar intentando ubicarlo dentro de una categoría.
Seguimos modificando y humanizando cada vez más el mundo, sin embargo estamos olvidando la relación funcional que se debería conservar entre éste y los hombres, en donde nosotros actuemos en él para transformarlo, en busca de nuestro propio bien.
Pareciera que en el camino, nos hemos permitido a nosotros mismos y al resto sacarnos partes fundamentales de nuestra dimensión humana concedida por un Ser superior, como si existiera el propio afán de involucionar, de convertirnos en animales sin razón o incluso de llegar a ser simples objetos.
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