FELICIDAD INSTANTÁNEA
El escritor inglés Aldous Huxley, en su libro Un mundo feliz, nos describe metafóricamente cómo podría llegar a ser nuestra futura evolución en manos de la tecnología. Imagina una sociedad con personas más y menos inteligentes, divididas en categorías socioculturales prefabricadas y con la libido expresada a flor de piel. “Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social. Hombres y mujeres estandarizados, en grupos uniformes”.
Alfas, Gammas, Betas, Deltas y Epsilones es el nombre que se les da en el libro a los distintos conjuntos de personas existentes en Un mundo feliz, donde cada grupo está dispuesto a relacionarse dentro de sí mismo y donde a través de un condicionamiento tecnológico especial en el ¨Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres” , se les ha introyectado conductas y características específicas para su diario vivir en búsqueda de esa sociedad perfecta, uniforme, realizada y feliz que el director del centro pretende sostener.
El literato británico decidió transportar a las páginas del libro uno de los tantos vicios nocivos de nuestra realidad, una sustancia química de propiedades alucinantes y alienantes, que quita las capacidades sensitivas del cuerpo humano llevándolo imaginariamente a vivir algo diferente de lo que es. Una droga que decidió llamar soma.
Con esa substancia intenta explicarse el desahogo que hombres y mujeres logran en la obra, después de enfrentar durante sus obligaciones y actividades cotidianas alguna alteración que sea imprevisible a la respuesta condicionada que llevan, como es el caso de descubrir una forma de vida distinta, por ejemplo la de Malpaís. Allí no existe nada construido para evitar el afrontamiento de las consecuencias de las acciones y actitudes humanas y tampoco un Mustafa Mond que designe el suministro obligatorio a todas las personas que viven bajo las leyes de Ford, para que no pierdan su supuesta, breve e instantánea felicidad y que el temor no los haga reflexionar ni sentir algo no condicionado.
El soma, esa pastilla tan consumida, común y corriente entre los personajes de la novela, es parte constitutiva de la estructura social, es lo único común para todos, sin importar la categoría a la que pertenezcan, lo podríamos llamar un derecho básico fundamental e innegable para todos. Todo aquel que no desee soportar algún sentimiento contradictorio, doloroso o encontrarse con algo desfavorable para su manera de ver el mundo o a la forma en que esperaba se le resuelva algo en su favor, puede consumir la dosis que crea conveniente de soma y saltar a otra realidad que le permita llegar a un proceso de homeostasis.
¿Qué propósito tendría el soma en cualquier mundo feliz, donde el sistema marcha como las manecillas del reloj: sin pausa fuera de tiempo y de la forma más eficaz segundo a segundo?. Si esta droga no es un vicio y es apta para todo el mundo, estaría hecha para que las personas no se den cuenta de la verdad o realidad que cubre y enmascara los efectos de su consumo, terminando así el círculo de condicionamiento creado por un ser humano más que intenta construir la supuesta felicidad de todos.
Sin embargo ¿qué pasa si hay fallas en la mezcla que da origen tecnológico a la vida humana, haciendo que una persona nazca con fallas físicas e intelectuales dentro de su especie? Las primeras pueden ser objeto de burla y las segundas lo pueden hacer especial en cuanto a una manera distinta de percibir las cosas y la vida, haciéndolo un poco más humano para nosotros y diferente a los del texto.
Bernard es ese ser capaz de entender o de intentar entender desde el absoluto desconocimiento y falta de experiencia respecto a lo escuchado, las palabras de una mujer con el mismo origen que él pero con distinta suerte debido a una ruptura en los planes de su vida condicionada, que le dijo: “Supongo que John ya os lo ha contado. ¡Lo que llegué a sufrir! ¡Y sin un gramo de soma! […] Piénsalo por un momento: yo, una Beta, tener un hijo; ponte en mi lugar. – La sugerencia hizo estremecer a Lenina-. Aunque no fue culpa mía, lo juro” .
Será el miedo a sentirse aislados por hacer o sentir algo en contra del condicionamiento primero que recibieron lo que los lleva a consumir el soma o, simplemente, es su única manera de vivir algo incondicionado y que les permite expresarse aunque sea en sueños e ilusiones y ahí sí llegar a la felicidad que encuentran en un mundo diferente al único que conocen.
“[Los…] hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma” . Entonces queda claro que el soma es una sustancia elaborada por el hombre que busca sólo satisfacciones, sin importar las consecuencias, es un complemento que llevaría a la supuesta felicidad de las personas o a la alternativa fácil y rápida donde no exista contradicción y esfuerzo, volviendo al hombre y a la mujer seres limitados y distintos a su naturaleza, ejemplificando esto con la prohibición de la reproducción natural.
Limitación o más bien cercenamiento de sentimientos y aptitudes para resolver conflictos, problemas y afectos con los demás y nosotros mismos. Por eso personas con experiencia en lo que es sentir, captar, interiorizar y expresar emociones como el llamado salvaje o John (como lo nombró su madre que nunca entendió como sucedió el error que permitió su embarazo) pudo asimilar lo que el soma puede ocasionar además de fantasías: la muerte, si se lo ingiere en exceso. Sólo él logró sentir lo que genera la pérdida de un ser cercano y querido, al observar a su madre morir a causa de la gran cantidad de gramos que le habían proporcionado en una casa de salud.
Saltar etapas, vivencias y los altibajos de la vida nunca ha sido una solución eficiente para tener una vida próspera, sin embargo parece que en esta metáfora se ha cumplido, prometiendo una supuesta encantadora vida feliz. Obviamente antinatural y desconocida para nosotros, en cuanto al sentido de crear vida humana sin una base biológica propia de la especie; al aceptar o naturalizar el uso indiscriminado de drogas y varias tecnologías que podrían surgir en el futuro.
Pero contamos, sin lugar a dudas, con clases sociales donde el ser y el no ser pertenece a una categoría para juzgar a los demás; también con expresiones sexuales de todo tipo que cada vez se convierten en prácticas más aceptadas; por supuesto existen grandes consumidores de estupefacientes que han terminado perjudicando cada vez más su humanidad.
“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Estar satisfecho de todo no posee el encanto que supone mantener una lucha justa contra la infelicidad, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.¨
Talvez no existe ni existirá la receta o fórmula secreta para llegar a tener un mundo feliz, muchos podemos asegurar que el camino es volcar toda nuestra fuerza a la creencia del único ser sobrenatural de origen divino. Muchos más podrán decir y profesar otras y muy distintas creencias, pero nadie podría asumir que una sustancia consumida en este contexto espacio-temporal proporcionaría la felicidad que sirve y vale la pena para desarrollar una vida plena, donde la armonía interna este reflejada al exterior, perdurando así la primacía de la paz sobre la angustia y no la de la angustia sobre la paz como lo promulgó el filosofo existencialista J. Paul Sartre.
Una pequeña pastilla, una pequeña supuesta porción de felicidad no es nada significante a comparación de una gran alegría que puede existir antes o después de una tristeza o cualquier otra cosa que se nos anteponga en el día a día. Porque trabajar por la felicidad propia y saberla alcanzar dejando atrás el dolor o un conflicto, es una gran satisfacción que todo ser humano merece experimentar en algún momento y podría intentar contagiarla a los demás. Negar la realidad y escapar de ella es negarse a la posibilidad de encontrar la verdadera felicidad.
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